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"El edificio estaba compuesto de cinco casas que fueron el alojamiento de cuarenta vecinos" Si dijera que la casa que construyera don Fidel Fernández Recio Mantilla en 1892 fue el más revolucionario edificio de viviendas de los construidos en nuestra ciudad, creo que no me equivocaría. Con posterioridad se han construido edificios mayores, más altos, de mayores superficies, más seguros. Incluso algunos se han dotado de las más avanzadas técnicas y descubrimientos actuales (energía solar, porteros electrónicos dotados de televisión, antenas de todo tipo, incluida la televisión digital), pero creo que en ninguno de ellos se reunieron al mismo tiempo tantas innovaciones, comodidades y descubrimientos como los que se instalaron de una sola vez en el más que centenario edificio. El gran esfuerzo que se realizó en la repetida construcción sólo puede valorarse debidamente si consideramos que en los tiempos de su construcción no sólo debía conocerse la existencia de los inventos, sino ir en su busca donde se fabricaban, en un tiempo en que las comunicaciones apenas comenzaban a desarrollarse con el ferrocarril y los primeros automóviles (patrimonio de unos pocos). Sin olvidar que, por desgracia, en nuestra patria objetos tan corrientes como los sifones, los libros de calidad, o las estampas, por citar únicamente algunos objetos de la vida ordinaria, se fabricaban en Inglaterra, Francia, Italia o Alemania. En la detallada relación que Casimiro G. García-Valladolid hace en sus recuerdos y grandezas nos dice cómo los mármoles y pavimentos se trajeron de Barcelona, las chimeneas de la casa Bañares de Rigor, Francia; los ascensores de Sevilla y Cía., de Madrid; la máquina de vapor para el servicio de luz eléctrica y de los ascensores era de Marshall, inglesa y la dinamo de Oerlklincan, suiza, cuya casa montó una y otra. El arquitecto, Julio Saracíbar, era natural de Vitoria y ejercía su profesión en Madrid, y en parte de la obra utilizó samble mortier coloré, procedente de París. Sin embargo las columnas de hierro fueron fundidas en Bilbao y en los Talleres Gabilondo de Valladolid, al igual que de la ciudad fueron el maestro de obras y uno de los contratistas (de Barcelona el otro), y las cubiertas de zinc, las esculturas y bustos del edificio, la carpintería y ensamblajes interiores, así como la labor de un pintor interiorista, fueron vallisoletanos. El gran edificio, el más alto de la ciudad en su tiempo, con sus cuatro plantas de altura, más la planta baja destinada a locales de negocios y servicios del edificio (garajes, jardines, y el revolucionario sistema hidráulico de sus ascensores), estaba compuesto por cinco casas que constituyeron el alojamiento de cuarenta vecinos. Mereció los encendidos elogios que merecía en un artículo escrito por el arquitecto Antonio Rovira Rabassa en la revista Resumen de Arquitectura, en el que entre otras cosas dijo, bajo el título Valladolid Moderno y el arquitecto D. Julio Saracíbar, que los propietarios habían dotado a Valladolid de un edificio que no tiene mejor en España, como casa de alquiler. A las múltiples características de la Casa Mantilla deben añadirse los ocho bustos que adornaban sus fachadas principales, y que representaban a ocho personajes íntimamente ligados a la historia de la ciudad: El moro Olit, el Conde Ansúrez, Felipe II, Santa Teresa de Jesús, Miguel Iscar, San Pedro Regalado, el entonces beato Simón de Rojas y la Venerable Marina Escobar. Ignoro cuándo y por qué desaparecieron los repetidos bustos. Pero creo que no es muy aventurado pensar que el material en que se construyeron (el misterioso producto traído de París, del que no volvió a tenerse noticia), no pudiera soportar el crudo clima vallisoletano y su deterioro fuera la causa de su desaparición. Esa desaparición constituyó una sensible pérdida de la memoria gráfica de la ciudad, dado que no creo existan fotografías ni dibujos de ellos, pero sería interesante conocer la interpretación que de los referidos personajes hicieron los vallisoletanos Hermanos Chicote. Especialmente el Moro Olit. El Norte de Castilla / 26 de diciembre de 1999 - Joaquín Martín de Uña |