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En los tiempos en los que no veraneaba nadie porque el numerario familiar no estaba para dispendios y, cuando los calores arreciaban de lo lindo, no había más remedio que fabricarse un veraneo como fuera y cuyos veraneos no iban más allá que el ir a ver el cine al aire libre en el paseo central del Campo Grande donde por el módico precio de una perra gorda, que era el precio de la silla, podías ver agonizando al Abare Faria y la venganza de Edmundo Dantés, en el Conde de Montecristo o la bondad de aquel forzado del Tulón en Los Miserables. También podías ver a Francesca Vertini en Me perteneces y otra serie de películas que, durante el verano, se proyectaban en aquella pantalla que, si la noche estaba algo ventosa, el aire la movía y los interpretes aparecían arrugados y con flemones. Una perra gorda valía ver la proyección sentado, pero si no tenías ni la perra gorda, como a mí me pasó algunas veces, podías ver el espectáculo cinematográfico de balde, pero a pie firme. También había posibilidades de ver sin soltar un céntimo, un espectáculo de variedades en el Café del Pino, que estaba detrás del Teatro Pradera. Allí, siempre había alguna telonera que cantaba o bailaba género andaluz, algún prestidigitador y, como no, el caricato de turno. Los que hacían consumición, lo veían sentados frente a una caña de cerveza o un masagrán y los que no, de pie como en el cine anteriormente citado. El trío de Corvino, compuesto por Fuster, Telmo Vera y el citado violinista Corvino, ponían en la terraza de Royalty, las notas de la música de calidad y, en las puertas de las casas aquellas de Gas en Cada Piso, las porteras y vecinos, componían una tertulia de vecindad. Pero todo esto, valía para por las noches veraniegas, pero durante el día, no había más remedio que pegarse un chapuzón donde fuera y como fuera y, ahí, es cuando entran en la escena del veraneo las casetas de baños que había en nuestro querido Pisuerga a lo largo de las orillas ribereñas de Las Moreras. Varias fueron las casetas de baños que se instalaron durante toda la vida y, a tal respecto, recuerdo la del Catarro; la de la Señora Carola que tenía un trampolín fabricado con tablones de andamio de los entonces y donde daba gusto ir por la amabilidad y educación de la dueña y de sus hijas; la del Niágara, casi a la salida de las chorreras del Batán, en cuyas chorreras, ví pescar infinidad de veces a Inocencio Román, pariente y amigo mío y pescador como he visto pocos en el arte de lanzar la caña y pescar donde no pescaba nadie. Y, por fin, la caseta de baños que creo que la instaló Gerardo, a la que le puso el nombre de El Jordán, baños para señoras, rezaba en el letrero que había encima de la puerta principal. Todas estas casetas estaban edificadas sobre el agua, de forma tal, que aquella orilla del Pisuerga parecía una ciudad lacustre, de las que hubo en la prehistoria después del período dilubial. Como cosa curiosa, diré que el sentido del pudor por aquellos tiempos era tan tremendo que las señoras, a pesar del calorazo que hacía en las horas centrales del día, rara vez acudían a esta coquetona caseta de El Jordán, para aliviar los terribles agobios del bochornazo o del sol ardiente. A este respecto, quiero referir un acontecimiento que presencié por aquellos días. Venía yo en un barco de aquellos planos de dos reales la hora, de dar un paseo con unos amigos y, al llegar frente a la caseta de los baños para señoras, vimos un tumulto terrible alrededor de la misma. Creíamos que sería alguna desgracia lo que había ocurrido dado el tumulto de chicos que había y, cuando preguntamos a voces desde el barco que qué pasaba, nos contestaron, también a voces lo siguiente: ¡Es que hay dos tías dentro! No quiero pensar lo que le parecía a nuestro interlocutor, si viera como están ahora las playas y las piscinas y, digo si viera, porque acaso ya no esté, Dios no lo quiera, entre nosotros. El Norte de Castilla 28 de junio de 1998
/ Angel Allue Horna |