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Bar El Candil

 

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"Entre sus clientes se contaban periodistas, actores, toreros y futbolistas"

El Candil

   No sólo la piqueta inmisericorde ha hecho desaparecer gran parte de edificios señoriales e importantes calles, plazas y ambientes que fueron entrañables para generaciones de vallisoletanos (la zona de El Rosarillo y San Miguel constituye un claro compendio de este tipo de actuaciones urbanísticas en el que se integran la fría plaza del Rosarillo, con la anárquica de San Miguel, el cambio de la calle de San Blas y la desaparición de varios palacios entre los que se encuentra el que fuera del Conde de Ribadeo o el hospital de San Cosme y S. Damián), sino que, además, sometidos a los avatares de la vida comercial, han desaparecido establecimientos de todo tipo, palabra que encierra en su significado actividades comerciales que van desde relojerías a bares y zapaterías.

   Uno de los muchos bares desaparecidos de nuestra ciudad durante los últimos cuarenta años fue uno que marcó una época, ya que contó con la general aceptación de nuestros vecinos:  El Candil.  Estaba situado en Alcalleres 1, detrás de Carrión y era un Bar Típico y la mejor casa en aperitivos variados, como pregonaban los anuncios en la prensa y programas de la época.

   Lo que no decía la publicidad es que se encontraba  en las proximidades de EL NORTE DE CASTILLA, junto a las taquillas donde se vendían las entradas para las corridas de toros y los partidos de fútbol del Real Valladolid Deportivo (cuando en el escudo del club aún no campeaba la laureada), así como que sobre sus instalaciones se encontraban las oficinas de la Delegación Provincial de Industria.  Su estratégico emplazamiento hacía que entre sus clientes se contaran, periodistas, actrices y actores de revista y teatro, toreros y futbolistas que encontraban en El Candil el lugar apropiado para tomar un café, hacer una entrevista u organizar una tertulia, al mismo tiempo que podía castigarse el cuerpo, al igual que quienes acudían a la citada Delegación a resolver asuntos relacionados con el suministro eléctrico, con la naciente generalización de la calefacción doméstica y, sobretodo, para obtener o renovar el carnet de conducir.

   Fue el primer bar que recuerdo utilizara en su decoración elementos típicos de estilo castellano (quizás fuera más acertado decir de estilo español).  Farolas, verjas y soporte de tiestos en hierro forjado, mesas y sillas de madera rústica, cuando lo normal en los cafés y bares era la decoración en mármol, la luz fluorescente y las sillas, sillones y tresillos acolchados (en los bares finos) o los veladores, la barra con pila de mármol o granito y los taburetes y sillas de madera en el resto de bares y tascas.

   Durante el buen tiempo el bar El Candil organizaba su propia terraza en la zona de la calle Alcalleres, frente a su fachada, lugar de recordadas tertulias que podían prolongarse hasta la madrugada.  Un camarero que durante años atendió la barra de El Candil contaba una divertida historia que en su día fue reída por muchos vallisoletanos que no me resisto a contar.

   A media mañana de un día cualquiera entraron en el bar un par de jóvenes que, según la psicología del narrador, parecían provenir de la Delegación de Industria de resolver alguna cuestión relativa  a un tractor que fijándose en las bandejas que contenían sus pregonados y sabrosos aperitivos, pidieron, señalando una apetitosa fuente de percebes, pidieron Dos raciones de ésos.  Les fue servido lo que pedían acompañada de unos pequeños recipientes de cristal con agua templada y, una rodaja de limón (Para limpiarse los dedos después de pelar los percebes).  Después de mirar lo servido, ante la sorpresa de camareros y clientes, los jóvenes pidieron dos riches (panecillos utilizados para hacer bocadillos).  La sorpresa ante la inusitada petición fue pronto superada al ver que los jóvenes colocaban ordenadamente los percebes dentro de los riches.  En este punto el narrador de esta historia se retiró a la cocina para evitar que su risa pudiera molestar a los inexpertos clientes, viendo desde su observatorio cómo los consumidores se debatían denodadamente con sus bocadillos.  Debieron los bravos zagales pensar que el agua situada junto al plato de percebes debía tener alguna aplicación y, sin pensarlo dos veces, comenzaron a introducir cada percebe en el agua templada y, percebe a percebe (completos), debidamente aliñados con el sencillo aliño, seguido de un mordisco de sus riches y entre el estupor y la risa de los allí presentes, los inocentes clientes degustaron uno de los aperitivos más sabrosos (y más caros) de un bar que se anunció como la mejor casa de aperitivos variados.

El Norte de Castilla / 24 de mayo de 1998 / Joaquín Martín de Uña
 

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