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Lo normal en el establecimiento de los colegios de nuestra
ciudad, al igual que en la fundación de las ordenes que los dirigían, era el que
una vez llegados los fundadores a nuestra ciudad buscaran un lugar donde
acomodar la comunidad y, una vez conseguidos los fondos necesarios para adquirir
un solar, se construyera el alojamiento de los miembros de la orden y se
edificaran las instalaciones del centro docente.
Sin embargo los comienzos del colegio Hispano, dirigido por
Hermanos de las Escuelas Cristianas -fundadas por San Juan Bautista de la Salle-
(los que fueran populares Baberos) difieren de la regla general.
Quizás por comenzar dependiendo de la organización administrativa del colegio de
Nuestra Señora de Lourdes, perteneciente a la misma orden religiosa, no hubo de
pasar por las mismas etapas por las que atravesó el colegio de la calle Paulina
Harriet.
Lo cierto es que el entonces colegio Hispano, hoy colegio y
residencia universitaria La Salle, ocupó el edificio e instalaciones del colegio
laico que ostentó el mismo nombre, y que estuvo situado en el número 24 de la
calle Fray Luis de León.
Antes de llegar a la entrada del colegio, dirigiéndose a él desde
la calle de López Gómez, lo primero que encontraba el transeúnte era un muro de
unos tres metros de altura, en el que se abrían dos puertas de hierro con verja
en su parte superior pintadas de color verde, que conducían a un pequeño patio
en cuyo centro había un estanque en el que nadaban algunos peces de color rojo.
Al fondo del jardín se encontraba una pequeña papelería que se conocía con el
nombre de librería Bruño, donde los alumnos del colegio encontraban los
materiales necesarios para poder hacer sus deberes. Cuadernos y blocs,
lapiceros, pizarrines y plumas, gomas de borrar y secantes, tablas de
logaritmos, reglas y sacapuntas formaban parte del escaparate junto a libros de
la citada editorial.
A continuación estaba la fachada de una casa de dos pisos (donde se
encontraban las habitaciones de la comunidad y los dormitorios de los escasos
alumnos internos del centro. Atravesada la portería y un patinillo cruzado
por un pasadizo situado a la altura del primer piso se desembocaba en el llamado
patio de los pequeños, cuyo suelo parecía empedrado en parte, y dónde crecía un
frondosa árbol.
Formando parte de la planta baja del edificio de la calle Fray Luis
de León se encontraba una extraña jaula de grandes dimensiones, que aparte de
servir como prisión al Guerrero del Antifaz (papel vivido por los pequeños
alumnos), y de la que indefectiblemente terminaba escapando, su única aplicación
práctica fue servir de alojamiento al corderillo que anualmente se sorteaba,
junto a una cesta de Navidad, entre los alumnos del colegio.
Al fondo del patio (paralela a la repetida calle) se encontraba una
edificación de un solo piso, donde se situaba la capilla del centro y las clases
de los cursos de Bachillerato, así como un pasadizo que comunicaba el patio
anteriormente citado con el patio de los mayores. De dimensiones más
grandes que el primero de ellos, disponía en su centro de un frontón formado por
un alto muro de ladrillo en cuyos extremos, completados por dos muretes en
ángulo, se situaban unas extrañas canastas de baloncesto, cuando este deporte
era prácticamente desconocido en nuestra ciudad.
Constituían todo el mobiliario deportivo y recreativo del colegio
unos grandes sillares de piedra y el fuste de una columna, situados al lado
derecho de una gran puerta carretera que abría a la calle Simón Aranda, y a la
pared de la calle Santuario, próxima a la cual abría una puerta por la cual
entraban y salían los alumnos que asistían a las clases.
No existían salas o gabinetes de Física y Química, dándose la clase
de esta última materia -cuando era necesario mostrar propiedades y reacciones de
líquidos- en una clase (creo recordar que era la ocupada por el 5º curso de
Bachillerato) donde junto a la mesa del profesor, situado sobre una tarima,
había un encerado que servía para explicar las lecciones. La pizarra se
decoraba con trabajos realizados con tizas de colores la víspera de las fiestas
más señaladas del colegio (La Inmaculada), Navidad o San Juan Bautista de la
Salle). Además, había un grifo de agua corriente situado al final de una
tubería de plomo de un metro aproximadamente de altura.
Dicha clase limitaba a su derecha y al fondo con una oscura
habitación, dotada de puertas de vaivén, donde se depositaban las basuras que
diariamente se generaban en las clases y en los patios del colegio.
Días de clase (de ocho a una y de tres a siete y
media) y de una hora de estudio voluntario vigilado por un religioso (actividad
conocida como vela); recreos en que los más pequeños jugaban a las canicas, la
peonza o el clavo, juegos que siempre eran interrumpidos por el silbato que
anunciaba el fin del descanso -y que era recibido con un <<¿Ya?>> de
sorpresa por parte de los jugadores; tardes libres de los martes en que la clase
conseguía, por su comportamiento, el número de vales necesarios para ir de paseo
a San Isidro o al campo de deportes del colegio de Lourdes, o tardes libres de
los jueves en que los alumnos que lo desearan podían ir a jugar al colegio y
asistir al Rosario y Bendición que dichos días tenían lugar.
Domingos que comenzaban con la misa del colegio, y podían terminar
en el cine del Lourdes, recuerdos, profesores y compañeros que fueron rindiendo
viaje a lo largo de los años, viejas edificaciones que hace tiempo fueron
derribadas, costumbres que cambiaron, ilusiones quizás realizadas...
El Norte de Castilla / 20 de febrero de 2000 - Joaquín Martín de
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