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DESAPARECIDOS a principio de este siglo los jardines de El Prado de la Magdalena, alabados por Piñeiro de Vega como paseo de coches y caballos de pasados veranos vallisoletanos, y transformados los que durante siglos fueran El Espolón Viejo y El Espolón Nuevo, que se extendieron por la margen izquierda del Pisuerga desde el Puente Mayor hasta las actuales Tenerías y prácticamente abandonadas las plantaciones de Las Moreras, nuestra ciudad, hasta superar la primera mitad del siglo, únicamente contó con dos jardines públicos para el esparcimiento de los ciudadanos: el Campo Grande y el Poniente. Si recordamos que el Valladolid cercado terminaba en la época del Conde Ansúrez y en su límite con el Pisuerga, en la Puerta de Hierro, que daba acceso al Alcazarejo y la Puerta de los Aguadores, por la que se accedía a la ciudad en las proximidades del actual convento de San Benito y la iglesia de San Agustín, no es de extrañar que la zona actualmente ocupada desde el referido convento y la iglesia de San Lorenzo (en tiempos una ermita de madera conocida como de San Llorente) fuera précticamente un descampado cruzado por el río Esgueva. En este descampado y próximo al entonces llamado Puente de San Benito, estuvieron emplazados en los siglos XII y XIII un caserío llamado Barrio de Reoyo, así como dos molinos harineros que utilizaban las aguas de la Esgueva, que plantearon serios problemas a la entonces villa, que desaparecieron en el siglo XVI y que dieron lugar al nacimiento de un concepto ampliamente utilizado en nuestros días: la plusvalía. Como recoge en su obra D. Juan Agapito y Revilla, esto ocurrió <<porque muchas casas comarcanas (vecinas) a los dichos molinos, recibieron notable utilidad y provecho de quitar los dichos molinos (así como) la presa de ellos y se mandó se reparta la sexta parte de lo que dichos molinos costaron y se cobre a cada uno de los dueños de las dichas casas, según la calidad de la casa y beneficio que recibió como fuere tasado por dos personas>>. <<A la orilla del Esgueva se hizo un soto, luego se fue estrechando el cauce, y se constituyó allí una explanada a que el Ayuntamiento en 10 de abril de 1.863 acordó se titulara a 'Plazuela del Poniente', precisamente por estar a este viento de la ciudad. Se la regularizó por Oriente y en 1.34 se hizo en ella un pequeño, pero bonito, parque infantil, que ha sido un verdadero acierto>>. Las alabanzas de Agapito y Revilla estaban fundadas en unas instalaciones encaminadas a conseguir el entretenimiento y la alegría de los pequeños vallisoletanos de aquellos años. Las sencillas instalaciones dedicadas a juegos (columpios y toboganes), pasando por la posibilidad de disfrutar de una fuente construida en el centro del parque y situada entre cuatro estanques en que nadaban peces de colores (carpines rojos, dorados y de color obscuro), quedando enmarcado el conjunto por dos pérgolas cubiertas de enredaderas, lugar favorito por los visitantes para inmortalizar su visita a los jardines. El trazado de caminos y plazas estaba jalonado por doce estatuas ¿de cemento? que representaban a seis personajes infantiles de entonces: Pipo y Pipa, Pinocho, La Lechera (de la fábula del mismo nombre), Pichi, Lolita y Bobito. Los jardines, sometidos a los juegos de los pequeños, eran vigilados por un guarda del Poniente, que era el encargado de cerrar el parque cuando comenzaba a caer la noche y que suponía el desalojo de los visitantes y el cierre de las cuatro puertas con las que contaba el cercado del recinto. Completaba el conjunto una Biblioteca Popular, atendida por el Ayuntamiento y que únicamente funcionaba durante el verano. En este parque, querido por muchos vallisoletanos que en él vieron disfrutar y crecer a sus hijos, transcurrieron muchas horas felices para una gran cantidad de niños y niñas de nuestra ciudad y por ello, el proyecto municipal de recuperar su antiguo ambiente, devolverá un gran número de recuerdos a aquellos niños de entonces, que quizás expliquen a sus nietos quienes son esos extraños personajes y que <<cuando el abuelo tenía su edad>> besaba alzado por los brazos de su acompañante. Una iniciativa que, como la mayoría, tiene un gasto económico, pero cuya rentabilidad está garantizada en nostalgia y en agradecimiento.
El Norte de Castilla / 8 de febrero de 1999 / Joaquín Martín de Uña |