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Intriga en el castillo de Simancas

 

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   Los castillos reales sirvieron, entre otras cosas, como cárcel de prisioneros nobles que por alguna razón se habían hecho antipáticos a la corona.  Gentes de sangre azul y famosos poblaron un día sus estancias más secretas, como Hernando Pizarro en la Mota de Medina del Campo o el comunero obispo Acuña en Simancas.

   Por cierto, que el otro día se me vino a la cabeza una posible explicación del por qué se decía que los nobles tenían sangre azul.  Los pobres trabajaban al aire libre y estaban morenos, negruzcos más bien; los ricos tenían pieles blancas y delicadas, desacostumbradas al sol, casi transparentes, las venas destacaban en ellas como en el pecho de una doncella o como vetas azuladas en un mármol.  ¿Gente de sangre azul?, más bien vagos.  Pues bien, uno de los beneficiados con una estancia gratuita en el castillo de Simancas fue un noble flamenco llamado Flores de Montmorency.  Al principio se le tenía por amigo de España y de los católicos, luego se sospechó su afinidad con los protestantes de los Países Bajos, se le acusó de complicidad en la conjuración del príncipe de Orange...  y al calabozo.  Primero fue encerrado en el alcázar de Segovia, pero al comprobarse que sus amigos y partidarios comenzaban a tejer en aquella ciudad castellana toda una red de tretas y engaños para favorecer su fuga, fue traído a una cárcel de máxima seguridad como era Simancas, archivo de la casa real, algo así como el cuarto trastero de palacio.  Detrás de todo estaba el omnipotente duque de Alba, el terror de os flamencos, aquél don Fernando Alvarez de Toledo y Pimentel al que acudían las madres de Flandes para controlar a sus niños.  Mientras las madres españolas les asustaban diciendo ¡que viene el coco!, o ¡que viene el hombre del saco y te lleva!, las rubias de los países bajos les decían ¡que viene el duque de Alba!  Debió ser hombre que tenía muy asumido el principio de que muerto el perro se acabó la rabia.  Don Flores hubiera estado muy de acuerdo con esta afirmación.  Don Fernando -no él directamente, pero sí sus sicarios- le acogotó en la fortaleza de Simancas en el año 1570, "guardándose durante algún tiempo el silencio más absoluto sobre dicha ejecución".

    
La ejecución tuvo lugar un lunes por la mañana, un nueve de octubre a la salida del sol.  Sonaron las llaves en la puerta, entraron en la celda el alcaide don Eugenio Ramírez de Peralta, el teniente de alcaide don Jerónimo Manuel y los carceleros Juan Teazo y Juan Díez, tomaron por los brazos a Flores, lo sentaron en una silla y sin dejarle siquiera preguntar qué tiempo hacía, le dieron garrote.  Hasta aquí hemos llegado.

   Posiblemente la ejecución fue desencadenada, motivada, por las intrigas de sus amigos, que tenían mosca al duque, que veía que antes o después se le iba a escapar dejándole en ridículo, y eso era algo que no permitía ni a su padre.  ¿No te quedas quieto por gusto?, pues te vas a quedar quieto por mis narices, fiambre.  La verdad es que lo sucedido en torno al castillo de Simancas fue lo más parecido a una película de James Bond que podía darse en aquellos días.  La historia secuencial de los hechos, contada por los carceleros, en esta, día a día:

     Jueves cinco, mediodía.  Los dos guardas, o carceleros, estaban vigilando la puerta principal del castillo, cuando vieron llegar a dos hombres con hábitos de la orden de la Cartuja y grandes barbas, hombres jóvenes y de mediana estatura, que dijeron que querían hablar con el teniente.  Uno de los guardas subió a las habitaciones de de este, sitas en el cubo del obispo -por el arriba mencionado don Antonio Acuña-, justo al lado de la celda de Montmorency, recibiendo por respuesta que no había de bajar, que eso era negocio del alcaide.  Unos toques en la puerta del alcaide y una respuesta igual, que él no había de bajar, que era tarea del teniente; temprana muestra de la famosa burocracia de las ventanillas.  e manera que los frailes tuvieron que darse la vuelta e irse, con tal mala suerte que en el puente del foso uno de ellos tropezó y cayó, permitiendo que uno de los guardas viese que debajo del hábito llevaba calzas y vestidos de calle, ¡qué raro!  Más tarde supieron que los frailes disfrazados andaban buscando posada mostrando gran interés en que fuese en una casa lo más cercana posible al castillo y, lo que era también muy raro, que habían rechazado el alojamiento gratuito en el hospital, donde solían acogerse los religiosos de paso.

     Jueves, cinco de la tarde.  La guardia estaba resultando entretenida.  La puerta del castillo fue golpeada por tres forasteros, bien vestidos, de negro.  El guarda les preguntó que qué querían, ellos respondieron que querían ver la fortaleza, cosa de turismo.  Como espías resultaron un poco brutos.  La respuesta que recibieron fue la lógica:  que se dieran un paseo y la vieran por fuera, que dentro no podían pasar.

     Viernes seis, medio día.  Los frailes iban y venían por la villa llamando la atención de todos con sus ropas blancas y grandes barbas.  Estaban muy interesados por ubicar y localizar las casas de las autoridades locales.  La gente se preguntaba el motivo de tan rara afición.

     Sábado siete, por la mañana.  Simancas se veía animada por corrillos de gente desconocida, por forasteros que se hacían los locos y con los que hablaban de tiempo en tiempo, como por casualidad, los cartujos.  El teniente comenzó a ponerse nervioso y determinó hacer un registro de la celda del prisionero.  No encontró nada, ni armas ni otros elementos que pudiesen hacer sospechar una fuga inminente.  Al retirarse comprobó la robustez del candado que cerraba la puerta del cubo.

     La crisis surgió un poco después, cuando alguien encontró junto a la celda un medio pliego de lenguaje cifrado que decía:  "A.m.m.d.m./noctu ut intelligo nullus est tibi evadendi sepe ... etc.", fue traducido al castellano, por el cura de la iglesia del Salvador, en la siguiente forma:  "de noche según entiendo, ningún lugar hay de saliros entre día, muchas veces que según que quedáis solo con una sola guarda y esa gotosa -el guarda estaba enfermo de gota, cojo- que a vos valiente ni por fuerza ni por corrida será igual, saldréis desde el octavo día del mes de octubre hasta los doce de él, en cualquiera hora que podáis, tomad el camino cercano a la puerta del castillo por donde entrasteis y cerca hallaréis a Roberto y a Juan que estarán prestos con caballos y las otras cosas necesarias.  Dios de favor a lo comenzado".

     ¿El hallazgo del papel precipitó la muerte de Flores?  La información manejada no dice nada en este sentido, ni siquiera se insinúa la ejecución.  Sí que consta el depósito del cadáver en la iglesia del Salvador, en la noche del lunes.  El alcaide dice:  "Y estando en la dicha prisión en la dicha fortaleza de esta dicha villa el dicho Flores de Montmorency había fallecido y pasado de esta presente vida hoy dicho día en la mañana, poco antes que amaneciese ... que tuviesen el dicho cuerpo del dicho Flores de Montmorency en depósito y que no le consintiesen sacar ni llevar de la dicha iglesia y de la parte donde al presente quedaba depositado, por expresa orden y mandado de Su Magestad".  Se acabó la intriga.

      Anastasio Rojo Vega (profesor de Historia de la Ciencia de la Universidad de Valladolid)
El Norte de Castilla, 15 de mayo de 1998 - TRIBUNA DE CASTILLA Y LEÓN

 

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