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El refranero castellano

     

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   En Castilla hay una filosofía de la experiencia resumida en el  refranero y una filosofía de la gracia, de la sal fina o de la sal gorda.  El refranero vendría a expresar el sentir consuetudinario, el sentimiento sencillo de la vida, a veces vulgar.  Mientras que los chistes, caracterizados en tantas ocasiones por juegos de palabras, calambures, sobreentendidos, guiños y otros recursos, serían una manifestación barroca del modo de sentir la vida.  No se olvide la fama chistosa de Quevedo, el mayor exponente del barroco en su dirección conceptista, como enseñaban los manuales.

   El refranero es la expresión popular, espontánea.  El refrán expresa una sentencia o una definición, más lleno de experiencia negativa que de un vivir dichoso.  <<El gato escaldado del agua fría huye>> y el anónimo y multitudinario autor del refranero no sólo parece escaldado sino que viene cargado de escepticismo y amargura cuando el ingenuo lector abre el libro de la vida y pretende ir a alguna parte.  <<Más vale pájaro en mano que ciento volando>>.  ¿Y por qué?  Un pájaro en la mano, prisionero, ahogado, muerto, no vale nada.  Sí vale, y mucho, contemplar a cien pájaros volando, libres por el cielo.  El refranero asegura la realidad rastrera y nunca se atreverá a remontar el vuelo de lo posible.  Su visión es siempre de tejas abajo, así que se le escapa toda visión trascendente o poética.

   El refranero nace del pesimismo y en el pesimismo se expresa.  Por ejemplo:  <<Piensa mal y acertarás>>.  Ni siquiera debe darse una oportunidad a beneficio de la duda.  Invita a pensar mal, incluso de lo que podría estar bien, por si acaso.

   Pesimismo, amargura, resquemor.  Ningún resquicio para la alegría.  Si el refranero, a veces parece que ríe, forzadamente, con la risa del chiste de sal gruesa, nunca sonríe, pues la sonrisa requiere un punto de finura que el refranero no tiene.  El humor del refranero está lleno de amargura, alimentado por el resquemor.  El hombre genérico que vive en sus páginas ríe de medio lado,  escarmentado en su propia carne, de vez en cuando suelta una coz.

   El refranero se enseñaba en la infancia y juventud como un modelo de experiencia, como un dechado de perfección.  Todo ello era un escarmiento en cabeza ajena, una invitación al pesimismo.  El refranero viene de vuelta de todo.  Por ello no es bueno enseñarlo al adolescente que va camino de la vida porque mata en él toda ilusión.  El joven necesita descubrir su propia vida.  Pero la experiencia de la educación o del refranero, maestro universal, se empeña en enseñarle otras vidas que le distraen y que no le sirven.  El hombre, para llegar a serlo, antes, debe haber sido niño, adolescente y joven.  El refranero no se nutre de sabiduría intelectual sino de sabiduría de la experiencia.  Es pues, un saber pragmático que da soluciones de vida al inexperto, pero que le impide resolver su problema, vivirlo.

   Los refranes, muchas veces pareados, para mejor retenerlos en la memoria y poder recitarlos cuando convenga, son sentencias de la experiencia popular (tantas veces vulgar), no tan sabias como los paremias clásicos, no tan finas como las sentencias de los moralistas, griegos o romanos o como los franceses La Bruyère, La Rochefoucauld o Chamfort.  Nuestro Gracián en muchos conceptos fue un paremiólogo, pero también un fino autor de aforismos, antecesor de Shopenhauer, que influye en Nietzsche.

   Pero ¿qué diferencia hay entre el refrán, la sentencia moral y el aforismo?  El refrán, del francés refrain, es un dicho agudo y sentencioso de uso común.  Dicho anónimo, popular, a veces con ingenio, a veces con genio, en ocasiones con sal gorda o mal gusto.  Paremia es palabra de origen griego; el diccionario de la Real Academia la hace sinónimo de refrain, proverbio, adagio y sentencia.  Aunque ya sabemos que ninguna de estas palabras significa exactamente igual, porque si no no estarían en el diccionario.  Este define la palabra adagio:  <<sentencia breve comúnmente recibida y, las más veces, moral>>, y proverbio, palabra, de origen latino, como <<sentencia, adagio o refrán>>; pues hay coincidencia en el significado de las palabras refrán, adagio o proverbio.

   La palabra aforismo es definida por el diccionario como <<sentencia breve y doctrinal que se propone como regla en alguna ciencia o arte>>.  Mientras que el refrán tiene su origen en la enjundia popular, el aforismo, de tipo filosófico o poético, es creación de autor, bien sea Gracián o Nietzsche, Vâlery o Juan Ramón Jiménez.  El aforismo es más profundo, desde el punto de vista del contenido o más elegante desde el lado de la forma que el refrán, de inspiración y construcción más groseras.

   El refranero parece espontáneo pero su filosofía se ha agavillado en la forma de sentencia rimada a través del tiempo.  No hay constancia expresa de su nacimiento.  Los refranes parecen de ayer, pero ya estaban en El Quijote, en Lazarillo de Tormes, en La Celestina, en El Corbacho, en El Conde Lucanor.  Seguramente muchos de ellos procedan de Oriente, introducidos por los árabes a través de cuentos o apólogos, o de la tradición latina, tanto escrita como vulgar.  Gustaban de los adagios o refranes personalidades como el Marqués de Santillana, Erasmo y Juan de Valdés.  En El Quijote hay un gusto por los refranes, pero Sancho se excede en su uso y el Ingenioso Hidalgo tiene que llamarle la atención.  El refrán es breve y es una sentencia que quiere resumir el mundo.  Un poco está bien.  Pero muchos pocos hacen un mucho, un exceso.

   El Norte de Castilla / 21 de mayo de 1998 - Amancio Sabugo Abril (profesor de Literatura)

     -> Selección de refranes populares extraídos del "Refranero Español

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