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Barrio de San Miguel

 

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Cuando Valladolid era el barrio de San Miguel

Barrio de San Miiguel

   Ante un plano actual de nuestra ciudad, en el que las edificaciones se ordenan a lo largo de las dos orillas del Pisuerga, cruzado ya por siete puentes y en cuyo callejero se recoge en una larguísima lista los nombres de las calles en que vivimos casi medio millón de vallisoletanos, parece una broma decir que hubo un tiempo en que nuestra ciudad no fue más que un caserío edificado en las proximidades del ramal del norte del río Esgueva.  El perímetro, de 2.200 pies de longitud, se iniciaba junto al primitivo Alcazarejo (actualmente las dependencias del antiguo cuartel de San Quintín), continuaba con los muros del convento de San Benito, para seguir por la actual calle de San Ignacio hasta la antigua Capitanía, por la calle de las Angustias, acera de los números impares de la de Macía Picavea y flanqueando el mercado del Val terminaba en el acceso al ya citado Alcazarejo.  La superficie de la primitiva ciudad coincidía, casi exactamente con la demarcación de la parroquia de San Miguel.

   Ocho puertas, recordadas en el escudo de la ciudad mediante ocho torres almenadas, ponían en comunicación a los habitantes del pequeño caserío con los huertos y los bosques que lo rodeaban.  Puertas como la de La Peñolería (situada en el acceso a la Plaza del Rosarillo), o la del Azoguejo (en la embocadura de la actual calle de Guardamacileros), o los Postigos del hierro o del Trigo (en las proximidades de San Benito), fueron lugares por los que se controlaban las entradas y salidas de los promitivos habitantes del cercado caserío.

   Gobernados por un señor residente en el Alcazarejo próximo al Pisuerga (desconociéndose el nombre de quienes ostentaron este cargo, salvo del controvertido Moro Ulit, personaje de consejas populares, hasta que el Señorío de Valladolid fue concedido a D. Pedro Ansúrez); atendidas las necesidades espirituales de los vallisoletanos por los párrocos de San Pelayo y San Julián, la primitiva población debió estar constituida por vecinos de centros de población próximos al caserío (quizás de Simancas y Cabezón de Pisuerga), así como por varios moros, avecindados en Valladolid, Dios sabe en qué forma.  Celebraban sus mercados en el Azoguejo (la influencia musulmana dejó su impronta en el caserío), mercado que tenía lugar junto a la puerta del mismo nombre; cultivaron las tierras próximas al centro urbano y aprovecharon la madera que proporcionaban los bosques y pinares que le rodeaban, así como los barros dejados por las frecuentes crecidas del Pisuerga, en su margen izquierda.

   Las entonces limpias aguas del Esgueva, según D. Matías Sangrador, movían dos molinos harineros situados uno <<al sitio del Badillo de la Esgueva>> y otro <<junto al puente la cárcel>>, situada en los sótanos del repetido Alcazarejo.

   Los primeros vallisoletanos debieron dedicarse preferentemente a la agricultura,  a la alfarería, a una ganadería doméstica, a la carpintería, a la forja y a la artesanía.  Permutarían o venderían sus productos en el Azoguejo (primer mercado vallisoletano), gobernados por el Señor de Valladolid que ejercería las funciones de orden público, impartiría justicia en los pleitos entre vecinos y recaudaría tasas o impuestos de aquellos vallisoletanos.

   Protegidos con la mediación de San Julián y San Pelayo celebrando sus reuniones y fiestas en las plazas del caserío (la la Peñolería y la actual de San Miguel) los vecinos de entonces constituían el concejo que el Conde Ansúrez recibió de manos del Rey Don Alfonso VI.

   Pareciendo insuficiente el pequeño caserío al primer señor de nombre conocido en nuestra ciudad, inició su crecimiento tendiendo un puente sobre el Pisuerga y ordenando las edificaciones fuera del recinto cercado.  Construyó los más modernos edificios de su tiempo, acogió en su señorío a cuantos artistas, comerciantes o artesanos pudieran ser útiles al crecimiento urbano, al tiempo que perpetuaba su devoción a Nuestra Señora con más de una edificación erigida en su nombre (la iglesia de Santa María la Antigua, la colegiata de Santa María la Mayor o el Hospital de Santa María de Esgueva, son una muestra de lo dicho).

   La expansión de Valladolid ha ido en aumento con el paso de los años hasta llegar a la ciudad que hoy habitamos y en la que, junto a los deseos de ampliación y mejora, muchos vallisoletanos conservamos parte de la devoción mariana del que en más de una ocasión ha sido llamado Fundador de Valladolid, ciudad de la que inició su engrandecimiento a partir de un caserío cercado cuya extensión coincidía con la actual parroquia de San Miguel Arcángel.

El Norte de Castilla / 25 de enero de 1998 - Joaquín Martín de Uña

 

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