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Valladolid, capital de España


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"Los madrileños, contrariados por la pérdida de la corte, hicieron una hábil campaña de desprestigio contra Valladolid"

   El 9 de febrero de 1601 los reyes Felipe III y Margarita de Austria hacían su entrada oficial en la ciudad de Valladolid como nueva sede oficial de la monarquía hispánica, dentro de la cual aún no se ponía el sol.  Hace ahora exactamente 400 años.  Sin embargo, el sello real, insignia que representa oficialmente a la corte, no lo hará hasta el 25 de marzo, a media tarde (18 horas).  El 20 de mayo se juraban las paces con Francia en la iglesia mayor, después de un siglo de continuos enfrentamientos.  Una nueva era parecía inaugurarse; sin embargo, los buenos augurios pronto se truncarías.  El siglo XVII es una centuria nefasta en nuestra historia.

   El lunes 17 de enero de 1606, los Reyes salen hacia Ampudia.  En esta villa reciben a una comisión del Ayuntamiento de Madrid, presidida por el alcalde (corregidor), que les suplica (aparte de ofrecerles 250.000 ducados) la restitución de la corte a Madrid.  Más bien parecía que se trataba de cubrir las apariencias en una decisión previamente tomada.  El día 24 la noticia se trasmite oficialmente a la ciudad de Valladolid y a los organismos oficiales para su traslado a aquella ciudad.  Algunos autores, como Canesi (XVIII), retrasan un mes dicha partida:  <<Dispuesto ya el viaje de los reyes salieron de esta ciudad con sus hijos, lunes 20 de febrero de dicho año de 1606>>.  En todo caso, Valladolid es, durante un quinquenio, corte de España o, por mejor decir, de las Españas.

   Valladolid, desde la Edad Media, había sido en numerosas ocasiones residencia de los Reyes, por lo tanto de la corte, y de diversas instituciones estatales, especialmente de la época.  El vallisoletano Felipe II decide en 1559 fijar la residencia oficial en la villa de Madrid.

   Felipe III (1598-1621), el joven rey (20 años), se casa en Valencia con su prima Margarita de Austria.  Se trasladan en principio a Madrid.  Sin embargo, sea por el aislamiento de El Escorial, sea porque el entorno cortesano madrileño no les gusta, el nuevo matrimonio decide buscar nuevo alojamiento.  Visitan Segovia, Salamanca y a mediados de julio -en plena canícula- del año 1600 llegan a Valladolid.  Están muy poco tiempo, lo que induce a sospechar que la ciudad queda definitivamente descartada.

   Pero parece que a los jóvenes Reyes la ciudad del Pisuerga les satisface, posiblemente con un poco de ayuda del que va a ser su hombre de confianza, el duque de Lerma, propietario además del edificio que se va a convertir en Palacio Real, y más tarde, hasta fecha reciente, en Capitanía General de la VII Región Militar (plaza de San Pablo).

   Ciertamente, a los madrileños les había contrariado profundamente el haber perdido la corte.  Sin embargo, no se quedan de brazos cruzados:  desde el primer momento comienzan a desarrollar una hábil campaña de desprestigio contra Valladolid.  Los romances en este sentido son abundantes.  Los vallisoletanos, por su parte, también replicarán a esta sorda campaña propagandística, en la que se juegan muchos intereses y prestigio.

   Los puntos centrales de la campaña son:  acusar a Valladolid de falta de infraestructuras (edificios nobles), malos olores, ciudad insana y otras lindezas dirigidas especialmente a las vallisoletanas, a las que motejan de cazoleras.  Por su parte, los vallisoletanos echan en cara a Madrid -esa villa de la osa que come bellotas- que sólo tiene un aprendiz de río (Manzanares), al tiempo que tachan a las madrileñas de ballenatas.  Valladolid se jacta de ser la sede de la Chancillería y de tener la Universidad de España la más antigua.

   Desde luego, en contra de la capital castellana juegan poderosos intereses de los cortesanos asentados en Madrid, que se ven obligados de la noche a la mañana a dejar su vida social y sus palacios y tener que levantar otros nuevos en la capital pinciana.

   Las autoridades y la nobleza vallisoletanas hacen un esfuerzo enorme para tratar de convertir a la ciudad en una digna residencia real.  Se acometen muchas y costosas obras.  Se amplía y mejora el Palacio Real.  Se construyen nuevos palacios y casas nobles.  Se pavimentan las calles.  Se refuerza la traída de aguas desde Argales.  Se les permite a los Reyes y a los nobles que levanten pasadizos en pleno centro de la ciudad para poder circular libremente  sin ser vistos ni molestados por el pueblo llano.  Francisco de Quevedo se burlará de esta manía de los poderosos y de la nefasta imagen urbanística:  <<A fuerza de pasadizos / pareces sarta de muelas, / y qué cojas con tus calles / y sus puntales muletas>>.

   Parece que los Reyes se encuentran a gusto en estos cinco años que pasan en la capital pinciana.  Se construyen un embarcadero especial el el Pisuerga.  Se trasladan a menudo a la Huerta del Rey.  Son frecuentes las corridas de toros (alguna dura hasta 15 días), juegos de cañas, saraos, mascaradas, comidas suntuosas, etcétera.  Hasta el punto de que el mismo Góngora censura tanto dispendio  (<<Y unas fiestas que fueron tropelías>>).  Sin duda, la corte se divertía, y mucho, en Valladolid.  Además, aquí nacen tres de los hijos de los jóvenes Reyes.  Ana Mauricia en septiembre de 1601 (engendrada posiblemente en Valladolid), María (muerta al mes de nacer) y Felipe Doménico Víctor, o sea, el futuro Felipe IV.

   Los intereses económicos, sociales y de todo tipo de los madrileños, que no han cesado de maquinar para recuperar la corte, encuentran una ocasión ideal con motivo de la peste de 1605 que asuela a toda España tras pertinaces sequías.  En Sevilla, por ejemplo, llegan a morir más de 18.000 personas.  En Valladolid la peste se deja sentir con fuerza.  Aparte de la población menuda, son varios los nobles que se contagian y mueren.  Los Reyes llegan a temer por sus vidas.  Estos datos parecía que venían a dar la razón a aquéllos que sostenían que el clima de Valladolid era insano.  No era tanto cuestión de clima como de la sequía y de la contaminación producida a través de los pozos artesanos abiertos en esta Venecia de la Meseta.

   Bien es verdad que los muertos, incluidos los de alcurnia, también son numerosos en Madrid.  Sin embargo, lo cierto es que los Reyes deciden trasladarse de nuevo a aquélla ciudad, sea por miedo, sea, fundamentalmente, por las fuertes presiones de los cortesanos y del Ayuntamiento madrileño.  De todas formas, Valladolid fue la capital de las Españas durante un quinquenio, hace ahora cuatro siglos.  Debe ser recordado.

El Norte de Castilla / Opinión / 8 de febrero de 2001 - Celso Almuiña (catedrático de Historia y periodista)

 

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